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REFLEXIÓN SOBRE LA EFICACIA DEL DERECHO INTERNACIONAL

Por: Natalia Castro

Hace algunos días, en un interesante post, Paola Andrea nos invitó a reflexionar sobre la eficacia del derecho internacional y de las organizaciones regionales ante graves acontecimientos como la crisis en Guatemala y el drama de las expulsiones de colombianos residentes en Venezuela.

El tema puede ser analizado desde diversos ángulos. Mi humilde contribución al debate consiste en poner en evidencia el supuesto del cual parte la pregunta que nos hizo Paola Andrea. En mi concepto, interrogarse sobre la eficacia del derecho internacional supone creer que el derecho internacional tiene un objetivo claramente definido. La eficacia no puede por supuesto evaluarse en el vacío. El derecho internacional como cualquier otra creación humana sólo puede considerarse eficaz o ineficaz respecto de uno o varios objetivos. La pregunta que corresponde hacerse es entonces ¿cuál o cuáles son los objetivos que persigue el derecho internacional?

Críticas como las que mis colegas administradoras de este blog han hecho respecto de la inoperancia de las normas y las organizaciones regionales frente a la crisis colombo-venezolana, parecen partir de la idea según la cual el objetivo del derecho internacional es proteger los derechos de los migrantes. Mi respuesta al respecto sería: por supuesto que el derecho internacional busca la protección de los migrantes, pero ese no es su único objetivo. Es más, pese a lo dramático que pueda sonar, es necesario reconocer que si se hiciera una lista que reflejara el orden de prioridad de los objetivos que persigue el derecho internacional, probablemente la protección de los migrantes ocuparía una posición bastante desfavorable. ¿Qué objetivos ocuparían las primeras posiciones en esa lista? La respuesta no es difícil de adivinar. Se trata de los objetivos relacionados con la protección del principio de igualdad soberana de los Estados. La no-intervención en asuntos internos, el respeto por el ejercicio soberano de los poderes de cada Estado y la inviolabilidad de las fronteras siguen siendo los principales objetivos del derecho internacional.

Cabe aclarar que los avances en materia de protección de derechos humanos, protección del medio ambiente y otras limitaciones al poder de los Estados son sumamente importantes. Sin lugar a dudas, el trabajo de organizaciones internacionales, de organizaciones no gubernamentales y de los actores que conforman la sociedad civil ha transformado la lista a la que nos referimos, integrando un sinnúmero de objetivos loables y de mecanismos para alcanzarlos.

Tampoco puede desconocerse que en algunas ocasiones la soberanía de los Estados ha cedido su primer puesto en la lista a otros objetivos. Así, por ejemplo, la protección de los derechos humanos ha servido como justificación para poner de lado (y en algunos casos para pisotear) la soberanía de algunos Estados. Sin embargo, -como todos sabemos- es poco probable que la única razón para cambiar el “orden de prioridades del derecho internacional” en esas ocasiones haya sido la preocupación respecto de la situación de la población civil.

Si bien el principio de igualdad soberana de los Estados no es un obstáculo para la realización de los otros objetivos de la lista, para que dicha soberanía se convierta en un instrumento que permita conseguirlos, se requiere voluntad política. Los principales actores del derecho internacional, es decir los Estados, deben estar dispuestos a asumir compromisos internacionales que puedan constituirse en límites al poder soberano que ellos ostentan.

El problema radica justamente en que esa voluntad política no siempre está presente y sin mecanismos que transfieran el poder de decisión de los Estados a otros actores, o que obliguen a los Estados a decidir a favor de la realización de un objetivo diferente de la protección de su propia soberanía, siempre será difícil forzarles la mano.

En el caso latinoamericano, la falta de voluntad política para transferir el poder de decisión o para imponerse mecanismos de control que aseguren el respeto de los límites parece ser el común denominador de los gobiernos de la región. La crisis del sistema interamericano de protección de derechos humanos, el poco interés que despierta la acción de la OEA y la creación de “organizaciones” como CELAC y UNASUR, sin posibilidades reales de asumir acciones independientes de las emprendidas por los Estados, es un síntoma y al mismo tiempo una consecuencia de esa ausencia de voluntad política.

Sin embargo, y antes de culpar a los Estados de la región por su falta de compromiso en la consecución de los objetivos ubicados en posiciones desfavorables de la lista, es importante recordar las razones históricas que han conducido a los Estados latinoamericanos a atrincherarse detrás de su sacrosanta soberanía. La férrea defensa de la soberanía y ante todo, del principio de no intervención, se encuentra atada en el caso americano a innegables motivaciones geopolíticas que evocamos en un post anterior.

Como lo advertimos en esa ocasión, los Estados de nuestra región han optado por un modelo de acción regional concertada en el cual ninguna organización tiene poder suficiente para obligarlos a darle prioridad a un objetivo determinado. Así las cosas, por más que en todas sus declaraciones y discursos los secretarios y agentes de la OEA, la CELAC y la UNASUR afirmen su preocupación por los derechos de los migrantes, de los opositores, de los electores o de cualquier otro sector de la población de un determinado Estado, es poco probable que esas declaraciones se traduzcan en obligaciones para los Estados. Dichas “organizaciones” han sido diseñadas como foros de discusión y de concertación de decisiones y no de imposición de obligaciones. El objetivo que guió a los Estados de la región en el momento de crearlas es el mismo que ha guiado la formación de una buena parte de las normas internacionales: la cooperación sobre la base del respeto la igualdad soberana.

Si ese es el objetivo, la acción (o más exactamente la inacción) de las organizaciones regionales –y de buena parte de las internacionales- ante crisis como la guatemalteca y la colombo-venezolana no son prueba de la inutilidad del derecho internacional, sino de su gran eficacia para conseguir los propósitos que son su prioridad. En ese sentido, el problema no es ni el derecho internacional, ni las organizaciones internacionales, sino más bien la falta de voluntad política de los Estados.

Qué opinan Ustedes?

Imágen: AMERICÆ Aucta DELINEATIO de Stuart Rankin


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4 comentarios en “REFLEXIÓN SOBRE LA EFICACIA DEL DERECHO INTERNACIONAL

    comentó:
    Octubre 9, 2015 a las 4:18 pm

    Es interesante el orden de prioridades del Derecho Internacional propuesto, pero considero que es errado sostener ante los nuevos escenarios globales que la protección de la soberanía sea la prioridad. Al contrario, los avances mencionados en el artículo evidencian que el Derecho Internacional busca responder a necesidades creadas por la exacerbación del concepto de soberanía, que ha causado graves afectaciones a la población de varios países y ha profundizado situaciones de desigualdad, es por eso que el Derecho Internacional busca cada vez más dar respuesta a las necesidades de esas personas que no cuentan con mecanismos idóneos para hacer frente a las decisiones de su propio Estado.

    Sostener que el Derecho Internacional es útil en la medida en que logra mantener el statu quo y mantiene a salvo las decisiones de los Estados al interior de sus fronteras parece ser más bien una negación de la necesidad de un ordenamiento internacional lo más común posible, que responda de manera adecuada las preguntas que cada Estado se niega a responder.

    Decir que el Derecho Internacional está para proteger la igualdad soberana y una autodeterminación vacía de protección de la persona humana está más cerca de negar, no solo la eficacia del Derecho Internacional, sino su propia racionalidad y existencia.

      Natalia Castro respondió:
      Octubre 10, 2015 a las 11:21 am

      Mil gracias por su comentario ! Creo que su posición es muy valiosa y de hecho, esperaba una reacción en ese sentido.
      Estoy de acuerdo en que como Usted dice el derecho internacional « ha buscado responder a necesidades creadas por la exacerbación del concepto de soberanía » y en que las normas internacionales « busca[n] cada vez más dar respuesta a las necesidades de personas que no cuentan con mecanismos idóneos para hacer frente a las decisiones de su propio Estado ». Sin embargo, no comparto los apartes restantes de su comentario por las siguientes razones:
      1. Desde una perspectiva histórica, es imposible negar que el derecho internacional busca, y sobre todo, buscó primero proteger la igualdad soberana de los Estados. Es cierto que el derecho internacional de los derechos humanos es hoy un campo con una fuerza y un potencial inconmensurables, pero es importante no perder de vista que éste es un movimiento relativamente reciente y aún en desarrollo dentro de un orden jurídico internacional mucho más amplio.
      2. El desarrollo de las normas y mecanismos internacionales que han permitido darle un lugar importante a los sujetos internos en la escena internacional depende en buena medida de la voluntad política de los Estados. Si bien el trabajo de las organizaciones internacionales y de la sociedad civil puede contribuir en ese sentido, sin la voluntad de los Estados la garantía de los derechos de la persona es ilusoria.
      3. No considero que el derecho internacional “esté para” proteger la igualdad soberana, ni que sea “útil” porque permite “conservar el statu quo”. Simplemente advierto que dentro de las finalidades de las normas e instituciones internacionales, y particularmente de las regionales, la defensa de la soberanía sigue ocupando un lugar preponderante y que esa circunstancia tiene razones históricas claras.
      4. Como Usted, creo que uno de los retos de la sociedad actual es hacer del derecho internacional una herramienta que permita responder “de manera adecuada a las preguntas que cada Estado se niega a responder”. Sin embargo, no creo que el derecho internacional de hoy sea esa herramienta. Su fin principal es hoy otro y respecto de ese fin, el derecho internacional es eficaz. Cambiar el statu quo es posible, pero requiere voluntad política por supuesto.

    comentó:
    Octubre 16, 2015 a las 8:59 pm

    Hola Nata! Gracias por tu post está muy interesante y sobre todo un tanto provocador. Al respecto quisiera comentar que resulta interesante ver como los Estados latinoamericanos y del Caribe, en especial estos últimos, han buscado innovar en sus estrategias para lograr un frente común, y en este sentido, por qué no, una eficacia del derecho internacional.
    En efecto, hoy en día se habla de cooperación post-hegemónica o neoliberal (términos sobre los cuáles la discusión continúa). De acuerdo con esta, los Estados quieren buscar opciones diferentes a la integración regional y prefieren mejor hablar de “asociación”. Esas “asociaciones” tendrían como particularidad, ir más allá de consideraciones económicas y comerciales.
    Así las cosas, volviendo al tema de la eficacia, no habrá también un problema de multiplicación de organización con propósitos similares cuyas acciones, al final, resultan ser no-cordinadas e incluso contradictorias?
    Yo veo una voluntad política de los Estados (al menos en ciertos temas), pero un serio problema que está afectando la eficacia del derecho internacional: el desperdicio de recursos (de todo tipo, no solo económicos) por la falta de acuerdo sobre cómo alcanzar (y de acuerdo con la anterior discusión cuáles son) esos “objetivos” y “prioridades” del derecho internacional.

      Natalia Castro respondió:
      Octubre 17, 2015 a las 9:34 am

      Gracias a ti por el comentario! Tienes razón. El post es provocador. Pero en serio no creo que el problema sea de eficacia, o al menos no de eficacia del derecho internacional.
      En alguna oportunidad escribí sobre la multiplicación de organizaciones internacionales en Latinoamérica y la conclusión a la que llegué es que se trata de una estrategia política. Las organizaciones no hacen lo mismo, aunque sus objetivos sean prácticamente los mismos. Simplemente son foros de discusión paralelos y los Estados escogen qué temas discuten en unos y en otros. Rara vez hay conflicto porque las organizaciones no actúan por sí mismas y son los Estados quienes deciden qué se hace en el marco de cada una de ellas. La coordinación se da entre Estados y no entre organizaciones. Por supuesto que sería más productivo concentrar esfuerzos y recursos en la acción de una sola organización, pero eso supondría también que si ésta se paraliza, toda la acción regional se va al traste. Un camino intermedio sería el de prever mecanismos de coordinación entre organizaciones. Por el momento existen pocos mecanismos de este tipo. Pero, en mis opinión, eso no pone en entredicho la eficacia del derecho internacional, sino la eficacia de la acción concertada a nivel regional. Esa ineficacia no es causada por problemas jurídicos, sino por falta de voluntad política.

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